“Dulce María tenía muchas cosas que decir”

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Con el libro de ensayo Contra el silencio, la escritora e investigadora cubana Zaida Capote se encuentra entre las ganadoras del Premio de la Crítica (2005), codiciado galardón que se entrega cada año a las mejores obras publicadas por las casas editoriales de la Isla. Contra el silencio retoma la obra de la poetisa Dulce María Loynaz, a partir de una visión novedosa, que inserta a la autora de Jardín en un determinado contexto literario.

Joven y sapiente, feminista convencida, Zaida Capote tiene mucho que decir de Dulce María y de la literatura cubana contemporánea.

Se dice que Contra el silencio, sin llegar a ser iconoclasta, rompe el mito que siempre acompaña a la autora de Jardín. ¿Qué opina?

Una de las ideas que tenía yo cuando escribí Contra el silencio fue precisamente romper con esa envoltura un poco mística que tenía Dulce María, ese afán de leer siempre a esta autora como algo distinto, como algo separado de la tradición cubana y latinoamericana.

En el caso de su libro de viajes (Un verano en Tenerife), yo lo analizo como una autobiografía o como un texto autobiográfico de memorias, lo vinculo más con otras memorias de escritoras cubanas. Pero en el caso de la poesía, y de la novela sobre todo, sí trato de establecer vínculos con la tradición latinoamericana y creo que funciona, que hacen ver, descubrir en esos textos una mirada nueva de la literatura de Dulce María.

¿Por qué se ha visto a Dulce María como una autora apartada de las corrientes literarias?

Yo lo digo más o menos en el libro. Creo que ella influyó mucho, desde su posición de autora. Cuando alguien le sugería que veía en su poesía alguna influencia, algún contacto con otros, ella decía que no, que se había hecho sola, que había empezado a escribir desde mucho antes de conocer a sus contemporáneos, y que no tenía influencias ni tenía puntos de contacto con esas otras mujeres. Sin embargo, ella misma rescata en su obra a Delmira Agustini, Alfonsina Storni, e incluso a Gertrudis Gómez de Avellaneda. O sea, está armando una genealogía a la que ella pertenece, a su pesar incluso.

En Contra el silencio vinculo la Bárbara de Jardín con la Bárbara de Rómulo Gallegos, aunque muy levemente. Sin embargo, Dulce María decía que ella no había leído Doña Bárbara, y eso es increíble. Doña Bárbara la leyó todo el mundo, y mucho más ella. Además, María Félix llevó al cine la novela y supuestamente hubo una posibilidad de que esta actriz hiciera también la Bárbara de Jardín, o sea, que son demasiadas las coincidencias…

¿Es su libro contra el silencio o contra lo que se ha dicho siempre de Dulce María Loynaz?

Se llama Contra el silencio porque a Dulce María siempre se le vinculaba con la tradición del intimismo, se veía en su obra una poesía desasida de la realidad, una poesía donde se destacaban mucho más los espacios de silencio, porque ella misma usaba mucho los puntos suspensivos, hablaba sobre la poesía del silencio, lo tematizaba todo el tiempo. A ella se le nombra así, “La poetisa del silencio”. La tesis de mi obra es que Dulce María tenía muchas cosas que decir, aunque a veces ella repitiera que no estaba diciendo nada. Es por eso que le puse Contra el silencio a este trabajo.

A su juicio, ¿qué debemos salvar a toda costa de Dulce María Loynaz? ¿Cuál sería su particular legado a las nuevas generaciones de cubanos y cubanas?

En cuanto a sus libros, prefiero Poemas sin nombre, aunque me gustan mucho dos poemas largos, La novia de Lázaro, y Canto a la mujer estéril. La novela Jardín me parece interesantísima, excelente, y me parece que es tristísimo que nadie la conozca o que la conozcan poco los lectores cubanos, porque es una novela muy rica, pero que, como toda buena novela, exige un esfuerzo de lectura que no todo el mundo está dispuesto a hacer. Deberíamos intentar educarnos para tratar de leerla y hacer de esa lectura algo productivo.

Por otra parte, Un verano en Tenerife es un libro de memorias excelente, con un lenguaje maravillosamente escrito. Entonces yo creo que el legado de ella es muy amplio, a pesar de que escribió poco, porque la obra completa de Dulce María cabe en un tomo mediano.

¿Y de la Dulce María mujer?

Siempre recuerdo, y esto lo he contado en otras ocasiones, su fortaleza de espíritu. Yo la conocí siendo ya una viejecita. En el Instituto de Literatura y Lingüística, donde yo trabajo, le hicieron una vez un homenaje a la familia Loynaz. Dulce María llegó en una silla de ruedas. El homenaje comenzó con una grabación del Himno Invasor, que escribió su padre, y Dulce María se puso de pie y estuvo de pie todo el tiempo que duró el himno, que es bastante largo. Esa es la imagen que tengo de ella, la de una mujer que se impuso sobre sus limitaciones, incluso físicas, y por otro lado que, como ella misma dice en Jardín, es una mujer que podía haber estado perdiendo el tiempo en un casino dominguero y, sin embargo, se dedicó a escribir, se dedicó a pensar. Yo creo que esa es una ganancia que cualquier mujer debería heredar, aceptar como propia.

En una entrevista usted decía que hay preguntas necesarias que replantean el análisis de la literatura femenina. Entre ellas, es necesario saber qué elementos usan las autoras para adentrarse y contestar a lo establecido. Extrapolando lo anterior al ensayo, ¿cuáles fueron las estrategias discursivas de Contra el silencio?

En realidad el hecho mismo de considerar a Dulce María como una poetisa intimista, como una poetisa del postmodernismo, ya la elimina prácticamente del canon, o la deja en un lugar menor. Leerla así, ver la evolución que tuvo su obra, tratar de ubicarla en diálogo con otros autores de su época, como Ballagas, hasta Lorca incluso, es importante para incorporarla en otro lugar lejos del canon. Con la narrativa pasa lo mismo. Cuando lees Jardín como una novela extraña, cosa que suele hacerse, como una novela que es un rara avis en la tradición cubana, la estás relegando a un espacio oscuro y marginal. Si, por el contrario, la lees como parte de la narrativa feminista de vanguardia que se dio en todo el continente y de la que Jardín es una muestra más, la estás incorporando a una tradición, y la estás haciendo subir unos cuantos escalones en el canon cubano si los lectores aceptan esa tesis. Mi empeño era ese, aunque no sé si el libro cambie algo. Espero que sí. Al menos lo intenté.

Ya se habla de un boom feminista en la prosa cubana. ¿Qué opina?

Realmente hay una explosión. Hay mucha gente escribiendo, muchas mujeres. Ahora mismo yo estoy preparando para La Gaceta un dossier sobre novela y hay más de diez mujeres escribiendo en ese género. Por otra parte, ha crecido mucho el número de publicaciones femeninas, sobre todo en narrativa.

Las causas son diversas, hay un ambiente propicio para la creación. Por un lado, porque la situación de la mujer ha cambiado. Yo estaba revisando los datos del censo y ahí se dice que más del 41% de los hogares tienen una jefa de hogar mujer, lo cual quiere decir que la situación es complicada para nuestro sexo, pero al mismo tiempo te indica que tenemos un alto nivel de responsabilidad social.

Más del 65% de los profesionales y técnicos son mujeres. O sea, las mujeres tienen un nivel de inserción social mucho mayor que en cualquier otra época de la historia de Cuba. Por otra parte, creo que con este tipo de trabajos críticos y teóricos sobre el feminismo, sobre la tradición de escritura de las mujeres, las féminas han ido ganando espacio aun cuando ellas mismas no crean o no sientan que este tipo de trabajo les aporta como profesionales femeninas de hoy en día.

¿Un espacio? Yo creo que es un rescate, y no estoy hablando de mí personalmente, sino de un movimiento que se ha dado desde la academia, de la crítica, sobre todo, que tiene nombres como Susana Montero, Luisa Campuzano, Nara Araújo, Mirta Yáñez, la lista es inmensa.

En 1996 se publicó Estatuas de sal, una antología de cuentos de mujeres. En fin, ha habido un cierto punto de giro en el desarrollo de una concepción de la literatura de mujeres como una literatura válida. El hecho de ser mujer influye mucho a la hora de evaluar la narrativa. Dulce María es un ejemplo de eso. Cuando se lee la obra Jardín como una novela extraña, distinta, es porque Dulce María es una mujer. Si esa obra la hubiera escrito un hombre, ¿la leerías de la misma manera? Hay muchos ejemplos en la historia de la literatura de que un texto, cuando se sabe que fue escrito por una mujer, se califica de sensitivo, edulcorado, y cuando es un hombre, entonces se habla de inteligente, de elaborado desde el punto de vista técnico. Existe esa discriminación, muchas veces involuntaria, y tiene que ver con la formación cultural que hemos tenido.

¿Qué representa para usted el Premio de la Crítica?

Para mí es una alegría. El Premio de la Crítica es un premio bastante codiciado por todos los escritores en Cuba. La verdad que no lo esperaba porque este año había muchos ensayos muy buenos, y el ensayo no es un género que suela premiarse con frecuencia. Este año se hizo un acto de justicia, y agradezco mucho al jurado que haya tomado en cuenta los libros de ensayo, que no suelen leerse en el mismo nivel que los libros de narrativa o poesía.

Tomado de La Ventana

03/11/2006 15:41.

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