La metatranca y el “batido de cemento”
En una de las más desacralizadoras charlas que la vida me ha regalado, escritores y pintores de significación ―que ya la tienen y no se esfuerzan en armarse un pedestal― se refirieron a textos de lenguaje enrarecido sobre su trabajo, agresiones de críticos quizás bien intencionados. Un amasijo de neologismos y retruécanos evidencia lo mal llevados que andan el idioma y esos autores. Padecen un hartazgo de academicismos nacidos en aulas universitarias e impuestos a tesis doctorales. Resultado: un purgante. Conozco a un hispanista de una universidad europea, autor de una espléndida tesis sobre el ensayismo de Octavio Paz. Para que aceptaran su trabajo debió llevarlo a esa jerga impotable pero autorizadamente scholar. Tuvo una dulce venganza cuando envió a Paz los dos manuscritos. El poeta prefirió el que iba en cristiano, por supuesto, con el añadido de una sorpresa: no comprendía si le estaba sometiendo el original acompañado de un intento de plagio, o si todo respondía a una travesura. El hispanista le aclaró que lo forzaron a travestir su tesis. En una iracunda carta al cuerpo de profesores de la universidad, Paz los acusó de engendrar monstruos. Esa tendencia a estropear el idioma ha provocado que algunos escritores no lean críticas sobre sus obras. Escaldado, García Márquez declaró que raramente las frecuenta. Teme no comprenderlas y “que le dañen el estilo”. En Cuba a esos textos los llamamos metatranca, calificativo nada amable y mal sonante. La intoxicación se agrava con la traslación de elementos teóricos a los terrenos de la crítica. Nacen de una pretendida riqueza conceptual y, en casos más lamentables, de un metaforismo exacerbado. Cuando ambas virtudes se juntan explaya una supuesta poesía, verdadero trabalenguas. Si despliegan sus conocimientos de la materia estudiada, se embrollan en una madeja de abusivas referencias donde los autores citados hacen del texto una casa de citas. Pero las prevenciones implican el riesgo de desatender estudios serios, confundidos con el “aparato crítico” ―sé que suena a prótesis― que despliegan para demostrar un chamullo pseudo científico. La inseguridad idiomática de esos autores les convence de que al enredar el lenguaje serán respetados ¡por inteligentes! Esa confusión entre la incomprensibilidad y la sabiduría muestra los estragos del estructuralismo y de tendencias analíticas posteriores, generadoras de metalenguajes sanamente desatendidos por los artistas y mal digeridos por los repetidores. Pasado el tiempo, el uso de “categorías” prestadas queda en palabrería inútil. No sirve como referencia lo que desde su inicio fue moda elevada a verdad programática, tan mal entendida ayer como prescindible hoy. Y si les añaden la pretensión de magíster, benefactor y conductor de conciencias a que se acogen émulos de filósofos antiguos, resulta lo que he llamado “batido de cemento”, una sopa indigerible, a medio camino entre el sermón y el palmacristi. Algo que provoca algarabías de mayor calado es la literatura sobre la llamada industria cultural, tan bien definida por Teodoro W. Adorno, y su expresión verbal ante las cámaras y los micrófonos. La enfermedad de los neologismos en los textos impresos tiene un reflejo aparentemente opuesto en los mensajes audiovisuales, pero es más de lo mismo, subrayado por un conversacionalismo calamitoso y similar trasunto: el desprecio a la inteligencia. Un presunto analista que desde esos medios se proponga romper la malla de encomios, la cháchara locutoril, la grandilocuencia y la melcocha que envuelve todo lo audiovisual, debe llevar la carta de renuncia en el bolsillo. Esos predios no se han librado del sistema de autoelogio impuesto por las empresas publicitarias que muy temprano aprendieron a glorificar a los medios desde los medios; vaya, un severo sistema de glorificación que ni los sonidos y las iluminaciones de Jesucristo Super Star, con el agravante de la cotidianidad. Quien pretenda romper ese tejido de supuesta poesía para andar por casa, provocará la ira de sus regidores y pasará al molinillo del desprecio, que es deprecio. Sabemos que al consumidor pudiera, debería hablársele en un lenguaje llano, para desentumecerlo de una sobredosis de emociones demasiado semejante a la prensa del corazón, pero a quienes dominan el negocio les parecería carente de gracia. Nada detiene esa lluvia que no cesa, donde todo argumento se reduce a una sobreactuación, un hablar melifluo, enfático, así sean las noticias del tiempo, una catástrofe ecológica, una información política o la descripción de un paisaje de montañas. O te sumas o desapareces. Por suerte para el respetable, tiene el derecho de opción, simple gesto en el telecontrol, el botón de la radio y el abandono del mensaje escrito, es decir, soslayar la metatranca y el batido de cemento. O cambia de medio emisor o corta la comunicación. Nada como respirar buenamente en silencio. Reynaldo González Tomado de Cubaliteraria |
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