Todos los colores valen

Esta bloga no es solo mía, también es de amigas cubanas (algunas veces negras como yo) quienes acceden a poner sus palabras en ella. Hoy les comparto algo escrito por Yule, joven bautista socióloga, a quien también le interesa el tema racial.
Todos los colores valen
La percepción que tienen los hombres y las mujeres sobre sí mismos esta mediada en gran medida por la pertenencia a determinados grupos o categorías sociales y por el significado valorativo y emocional que le conceden a dicha pertenencia, así como el valor y el reconocimiento social de que gozan estos grupos en un contexto socio-histórico determinado.
Los hombres y la mujeres negras pertenecen a un grupo social que a través de la historia ha sido ubicado en el fondo de la pirámide social por lo que han tenido que enfrentarse continuamente y con las particularidades concretas de cada país, a situaciones de discriminación, marginación y desvalorización social legitimadas por una ideología racista, que pretende la homogeneidad como ideal y que ha encontrado un terreno fértil en un sistema de relaciones sociales patriarcal, que toma como paradigma: el hombre, blanco, solvente y heterosexual; lo cual ha condicionado que las sociedades se estructuren de forma jerárquica y asimétrica.
Las características que comparten teóricamente todos los hombres y todas las mujeres conforman sus identidades como género y están determinadas por la posición que han ocupado a través de la historia en la sociedad. Los primeros ocupan una posición privilegiada al detentar el poder mientras las segundas han sido confinadas al polo inferior. Esta división masculino versus femenina ha propiciado el establecimiento de un modelo cerrado, que promueve comportamientos estancos en el desempeño de roles para cada uno de los roles.
Las ideologías tradicionales que pautan la feminidad y la masculinidad se convierten en patrones de conducta que guían y orientan el ejercicio de cada una de las actividades sociales desarrolladas por las personas. Sin embargo no todas y todos cumplen con las expectativas sociales de su género. Marcela Lagarde (1) describe este fenómeno como un desfase entre el deber ser y la existencia, entre la norma y la vida realmente vivida que genera procesos complejos, dolorosos y conflictivos para los seres humanos.
El género no es una categoría monolítica y homogénea, con ella interactúan una multiplicidad de variables, entre las que se encuentran: el país, la raza, la edad, preferencia sexual, entre otras, que al combinarse se manifiestan de forma singular denotando una gran diversidad. Esta heterogeneidad refleja una realidad rica, diversa, compleja. Las identidades sociales desde las individuales hasta las colectivas se construyen fundamentalmente a partir de procesos de diferenciación que en la práctica se traducen en desigualdades, derivadas de todo aquello que se diferencia o se distancia del paradigma universal. De ahí que desde el discurso hegemónico se legitimen estigmas sexuales y raciales que censuraran toda desviación de la norma y que se expresan en todos los órdenes, desde los espacios macroestructurales hasta la vida cotidiana, lo que tiene implicaciones para todas las personas pero indudablemente las colectividades negras han sido las más afectadas y dentro de ellas las mujeres, ya que se enfrentan a una doble discriminación.
Cuba no ha estado inmune a este mal social a pesar de que el triunfo revolucionario marcó una nueva etapa en la lucha contra el racismo y el sexismo en nuestro país. El proyecto social que se inició el 1ro de enero de 1959, contempló la toma de una serie de transformaciones en el orden político, económico, jurídico y social que conllevaron a modificaciones estructurales profundas que permitieron el tránsito hacia un orden social diferente. Estos cambios aunque iban dirigidos a la sociedad en general incluían propuestas dirigidas a los grupos más vulnerables, entre los que se encontraban las mujeres y amplios sectores de la población negra. A favor de estos últimos se logró desmontar políticas articuladoras de procesos opresivos y discriminatorios basados en el color de la piel, neutralizando sus efectos nocivos, en el orden público e institucionalmente.
Sobre el tema de la equidad entre los géneros existe en la actualidad un debate público muy fuerte, hay un consenso a todos los niveles de todo lo logrado y lo que queda por hacer, sin embargo nos hemos quedado rezagados en el debate sobre la racialidad, las conquistas alcanzadas crearon la ilusión de un problema resuelto. Según una tesis marxista los cambios que tiene lugar en la base económica, no se reflejan instantáneamente en la superestructura. El racismo no solo es un problema de desigual distribución de recursos de todo tipo, también constituye un sistema de ideas, valores y percepciones sociales de gran arraigo en nuestra cultura y que son trasmitidos a través del proceso de socialización.
Los cambios experimentados en el panorama social cubano después del Triunfo de la Revolución no impactaron con la misma profundidad en la subjetividad de las cubanas y los cubanos en lo tocante al problema racial. El debate público al respecto muchas veces se ha creído fuera de lugar en nuestra sociedad y ese silencio ha permitido solapar y mantener latente el racismo en el ámbito de la vida cotidiana y las relaciones interpersonales. De esta forma se han perpetuado hasta nuestros días y revitalizado a partir de coyunturas económicas, que han puesto al relieve desigualdades sociales en el contexto cubano: estereotipos, representaciones, imágenes sociales, valores y cualidades cargadas de prejuicios racistas contentivas de un conjunto de características rígidas que se le imponen por igual a una generalidad de individuos, de acuerdo a su pertenencia a un grupo racial determinado.
De ahí que lo negro se haya asociado con los peores atributos sociales y personales. Decir negro es sinónimo de: sucio, vago, poco inteligente, prohibido, impuro, feo mientras que lo blanco se asocia con todo lo contrario: inteligente, limpio, puro, bello. El lenguaje patriarcal está cargado de códigos basados en términos contrapuestos entre sí en el que unos representan lo positivo y otros lo negativo, generando una escisión que atraviesa todos los ámbitos de las relaciones sociales sobre la base de una jerarquía relativa a cualidades sociales, psíquicas, éticas e incluso de habilidades y belleza.
En nuestra vida cotidiana es frecuente escuchar frases como:
-Tenía que ser negro (a).
-Hoy he tenido un día negro.
-Él o ella es la oveja negra de la familia.
-El negro cuando no lo hace a la entrada lo hace a la salida.
-Vamos a pensar como los blancos.
-Todos los negros son iguales.
-Te veo gris con perpuntes negros.
Y otras expresiones como éstas:
-Aguas negras.
-Mercado negro.
-Humor negro.
En todas lo negro tiene una implicación negativa.
En cuanto a la belleza física las características fenotípicas de las personas negras son contrastadas y evaluadas con un canon de belleza basado en una tipología blanca, por ende constantemente devaluados y nombrados peyorativamente: Labios gruesos, bemba; nariz chata, ñata; pelo rizo, pasa, pelo malo; rasgos valorados como feos y toscos. Este lenguaje a través del cual nos comunicamos y nos apropiamos de la realidad que nos circunda, no sólo es expresión de nuestro pensamiento sino también de nuestra cultura y es asimilado como normal, real y universal enmascarando la carga de violencia y destrucción que implica, así como los mecanismos de construcción que lo mantienen vigente.
No existe una esencia negra que determina persé determinados comportamientos o cualidades. Es arbitrario afirmar que todos los negros(as) son iguales, como no lo son todos los blancos(as) y los mestizos(as). Para todos es conocido las disímiles, irregulares y desiguales circunstancias que marcaron la trayectoria socio-cultural del conjunto de la población negra y mestiza desde los primeros siglos de la sociedad cubana hasta la actualidad, por tanto hablamos de una colectividad negra heterogénea en espacios vitales, status sociales y respuestas culturales. Aunque teóricamente compartimos todos y todas el hecho de ser víctimas del racismo, en alguna de sus manifestaciones.
Si queremos construir una sociedad más justa y equitativa con todos(as) y por el bien de todos(as) el problema del racismo no puede quedar a la zaga. Ser negro o negra en nuestra sociedad no es lo mismo que ser blanca o blanco. Los primeros(as) tienen que sobreponerse constantemente a estigmas sociales, barreras que nos imponen modelos fenotípicos y culturales, que nos obligan a redibujarnos continuamente, lo que produce no pocos malestares, ansiedades y frustraciones tanto para los que se esfuerzan por acercarse al ideal hegemónico como para los que optan por la resistencia. Erikson al referirse a los procesos identitarios expresaba: “La identidad nos hace sentir en nuestro propio cuerpo como en casa. Es un sentimiento de coherencia y comodidad que, cuando se pierde, produce un enorme malestar”. (2)
El lenguaje es la expresión fundamental de una cultura, a través del mismo se articulan discursos sociales que remiten a concepciones sobre la realidad o aspectos de ella, que a su vez estructuran formas de actuar en la misma y por tanto posibilidades de cambiarla. A mi juicio, por ahí debemos orientar nuestros mayores esfuerzos, es necesario promover un debate público a través de un discurso claro, preciso, que aporte y enriquezca el proceso de construcción de la identidad de racial de hombres y mujeres negras, desconstruyendo concepciones racistas, patriarcales, ahistóricas, consideradas universales e inamovibles.
Un discurso que nos permita visualizarnos como sujetos con expresiones históricas propias, que aportaron elementos fundamentales a la conformación de nuestra cultura nacional, hay que rescatar el protagonismo de los hombres y mujeres negras en nuestra historia, hay que desarraigar del imaginario social la representación de lo negro como lo negativo. Lo negro es símbolo de resistencia y creatividad en tanto hemos creado alternativas de sobrevivencia ante las limitaciones materiales y esclavizantes, lo cual es sinónimo de inteligencia, constancia, laboriosidad, unidad. Tenemos que aprender a apreciar lo negro como bello, puro, decente. Valorizar el color de nuestra piel, nos permitirá llevar una vida más auténtica de autorrealización y autoafirmación individual y colectiva que nos permita una convivencia más gratificante con el cuerpo en el que una(o) se reconoce y es reconocida (o) por los demás.
Bibliografía:
-Barcia Zequeira, María del Carmen. La otra familia. Parientes, redes y descendencia de los esclavos en Cuba, Casa de las Américas. Cuba, 2003.
-De la Hoz, Pedro. África en la Revolución Cubana nuestra búsqueda de la más plena justicia. Letras cubanas. Cuba, 2005.
-De la Torre Molina, Carolina. Las identidades. Una mirada desde la psicología. Centro de Investigación de la Cultura Cubana Juan Marinello, La Habana, 2001.
-La Gaceta de Cuba. Nación, raza y cultura. Unión de Escritores y artistas de Cuba, enero-febrero, 2005.
-Memoria de los seminarios “Racismo en la Educación”. Casa por la identidad de las mujeres afro. Santo Domingo, República Dominicana, 1997.
-Selier, Yesenia y Hernández, Penélope. Identidad racial de “gente sin historia”, pp84-90. En: Caminos. Revista Cubana de Pensamiento Socioteológico” No 24-25, 2002.
Citas:
1- Véase Marcela Lagarde. Identidad Femenina. 1990.
2- Véase Carolina de la torre. Las identidades. Una mirada desde la Psicología. p69.
Lic. Yulexis Almeida Junco.
Universidad de la Habana.












