La ciudad del futuro o el futuro de la ciudad

Les dejo un artículo que me dejó boquiabierta, no suelo manejarmelas con este tipo de infos pero ya veo que es crucial...

Preguntas, preguntas

Imaginar el futuro de las ciudades es un pasatiempo divertido pero inseguro. Los cambios económicos y tecnológicos que ya comenzaron, aunque a ritmos diferentes —y los sociales y culturales que los acompañan— tienen un impacto grande sobre el modelo actual de ciudad, pero por su propia cercanía resulta difícil discernirlos. Varias incógnitas aparecen siempre: ¿Cómo conservar la diversidad que asegure la vitalidad y autenticidad, dentro de una tendencia mundial inexorable a la homogeneidad? Con el incremento de la violencia interna engendrada por las crecientes desigualdades sociales, unido a la amenaza ubicua del terrorismo, ¿no llegará a perderse el atractivo de la concentración de actividades y personas, la apertura de opciones y el intercambio social consustanciales con la vida en las grandes ciudades? ¿Cómo preservar la identidad sin detener el desarrollo, exacerbar el aislamiento y fomentar el chovinismo y la xenofobia, y también evitar un folclorismo vacuo que termine en una oferta turística desnaturalizada? La informatización de la sociedad y la globalización de la economía y las comunicaciones, ¿reforzarán o debilitarán el papel de las grandes ciudades? Si las ciudades de veinte o más millones llegan a generalizarse, ¿implicará eso una nueva forma de nación? La ciudad virtual, esa imagen que parece de ciencia-ficción, ¿será que ya está aquí, y todavía no la vemos? La ilusión de realidad, como sucedáneo de la realidad misma, puede venir del hiperdesarrollo, pero también de la involución primitivista donde la lucha diaria por la supervivencia produce alucinaciones tragicómicas.

Por otra parte, se perfila la desaparición de tipos urbanos diferenciados; mientras que las redes mundiales de ciudades cada vez borran más las fronteras entre países y con ello el concepto mismo de nación. Sin embargo, muchas ciudades presentan cada vez más aspectos opuestos coexistiendo en bolsones o capas superpuestas. Esos problemas aparecen por igual en las zonas centrales y en los bordes, siempre cambiantes; y en las nuevas centralidades. Se está produciendo una creciente convergencia, que dos generaciones atrás parecía imposible: las grandes ciudades del mundo desarrollado se tercermundizan con una inmigración indetenible, mientras la élite en los países del Sur vive cada vez más en una burbuja artificial, copiando los patrones de vida del Norte blanco. Y un continente completo, África, está amenazado de extinción por esa nueva plaga bíblica, el SIDA.

Hay necesidades que seguirán preocupando a los citadinos en este nuevo siglo: empleo atractivo, razonablemente productivo y extendido a la mayoría de la población en edad laboral; comida saludable, agua potable, una disposición racional de los residuos sólidos y líquidos, acceso masivo a una buena educación, atención médica, cultura, deporte y recreación; el ahorro y reciclaje de recursos no renovables, y el desarrollo de fuentes alternativas de energía para cubrir desde la escala macro hasta el combustible doméstico; un transporte colectivo suficientemente eficaz como para disuadir el uso del vehículo privado, vivienda accesible y con una calidad aceptable. Se trata, en definitiva, de lograr un territorio urbano racionalmente planeado y administrado, identificable y querido por sus habitantes; y un territorio rural capaz de alimentar a toda la población y producir exportaciones rentables, pero también lo suficientemente atractivo como para disuadir la migración hacia los centros urbanos. Las ciudades deben ser capaces de pagarse a sí mismas, poniendo en valor la gigantesca inversión en tiempo, energía, materiales de construcción, habilidades y hasta expectativas acumuladas durante docenas de generaciones pasadas. La plusvalía así obtenida deberá revertirse de manera directa y ostensible sobre el territorio y su población.

Paradójicamente, los intentos para aliviar la pobreza urbana pueden estimular más migración desde las zonas rurales. La necesidad de un acercamiento profesional a la gestión urbana choca con los intereses de autoridades preocupadas por la próxima elección, o por enriquecerse antes de cesar en sus puestos. Promover una participación popular más fuerte puede contribuir a un balance más apropiado entre la gente que sufre las necesidades, la que piensa y la que decide; pero eso demanda una mayor información a los ciudadanos, para que puedan decidir la alternativa que más les convenga; y de paso evaluar a sus gobernantes, generalmente acostumbrados a pensar en nombre de los demás.

Los políticos, expertos y burócratas supuestamente existen para resolver problemas; pero también necesitan mantenerlos para conservar sus puestos. La razón recomienda evitar los problemas antes de que aparezcan, aunque generalmente las prioridades se dirigen hacia los que ya son críticos, cuya solución es más urgente pero también más espectacular y gratificante. Teóricamente, cada problema contiene su propia solución: ello demanda una concepción sensible, con intervenciones mínimas que preserven la diversidad y respeten a los demás seres y cosas existentes; pero también puede llevar a una posición determinista y pasiva que justifique la inacción.

La globalización es una realidad que no se escoge: cuando más, se puede intentar conducirla. Por un lado, favorece el contacto entre pueblos alejados; pero impone patrones económicos, tecnológicos y culturales cada vez más similares; lo que borra valores decantados en el tiempo, favorece el desarraigo y refuerza la dependencia de los países de la periferia hacia los del centro. Este proceso va acompañado por el debilitamiento relativo del poder económico de las naciones, mientras aumenta el poder de agrupaciones regionales de países, y el de las grandes ciudades y su esfera de influencia. Sin embargo, el poder político y sobre todo el militar se mantiene centralizado; y los gobiernos nacionales no parecen dispuestos a cederlo fácilmente, con el pretexto de cuidar las fronteras.

Las ciudades-Estado que florecieron en la antigua Grecia y el Renacimiento italiano produjeron maravillosas obras del espíritu humano, pero también constantes guerras, intrigas y persecuciones. ¿Serán las ciudades-estados del siglo XXI tan poderosas militarmente como para disuadir el ataque de vecinos ambiciosos? Pero aún si las megaciudades encontrasen la forma de sobrevivir, pudieran terminar como enormes maquetas vacías en un desierto radioactivo poblado por escorpiones y arañas.

Principios del equilibrio ecológico como la diversidad y la variedad, la interdependencia, la multiplicidad de funciones a cumplir por un elemento de un ecosistema —y, recíprocamente, de elementos diferentes que cumplan la misma función; o la identificación de la capacidad real de carga del organismo urbano, determinada por su potencial regenerativo, deben extenderse hasta la interacción del medio construido y social con el medio natural. Esa conciliación es incompatible con el intento fariseo de trasladar por entero a la población la responsabilidad de un bienestar que ni el Estado en unos casos ni los mecanismos de mercado en otros han podido asegurar a los gobernados.

El papel que debe asumir el espacio público en la articulación del tejido urbano, la orientación de los desplazamientos, el sentido del lugar y la cultura cívica no ha sido todavía suficientemente reconocido por políticos y especuladores que buscan crear monumentos que atestigüen su poder o incrementen su fortuna. Tampoco se comprende el valor del espacio público como lugar que facilita la interacción niveladora de estratos sociales desiguales.

En definitiva, el desarrollo acelerado de las comunicaciones y la informática no elimina la necesidad vital de encontrarse cara a cara con gente de verdad. La larga historia de los asentamientos humanos enseña ejemplos tristes de ciudades florecientes que desaparecieron o vinieron a menos, pero también muchas otras que han sabido adaptarse con ingenio y gracia al cambio, siguiendo a las pocas iluminadas que lo previeron y encabezaron la marcha hacia delante.

Campeando la Ciudad

Borrar las diferencias entre la ciudad y el campo fue desde comienzos del siglo XIX una idea recurrente en los intelectuales progresistas que rechazaban las miserias de la Revolución Industrial. Pero ese objetivo noble fue en realidad ambivalente. El camino abierto por los socialistas utópicos fue escapar de la ciudad. Eso creó una dependencia al transporte, exacerbada en el siglo XX por el automóvil privado. Pero los suburbios no bastaron y los ciudadanos se convirtieron en commuters habitando en ese limbo que es la Exurbia, a expensas del suelo agrícola. La respuesta a la aberración de pasar cada vez más tiempo encerrados en una caja de metal con ruedas yendo de un lado a otro fue hacer las cajas cada vez más cómodas y agradables, y también más caras.

A partir de los años 60, en Cuba se trató de llevar a las zonas rurales la animación y el abanico de oportunidades que ofrecen las ciudades. Ese intento estaba destinado a fallar por la imposibilidad de lograr la necesaria concentración económica, superposición de funciones, animación cultural, y diversidad de opciones y grupos sociales que son condiciones indispensables para la vida urbana. La experiencia de los más de 600 nuevos pueblos rurales construidos en Cuba a partir de 1959, para asentar de manera estable a los trabajadores agrícolas, ilustra ese espejismo.

En su etapa inicial se hicieron pequeños poblados con casas aisladas uniplantas. Se buscó la economía quitando peso a los elementos constructivos con paneles y losas de hormigón, tan delgados que resultaban muy calientes en verano y fríos en invierno. Eran proyectos tecnicistas hechos por jóvenes arquitectos citadinos formados en la rigidez del Movimiento Moderno, sin previa investigación de antecedentes o contexto, ni contacto con los futuros usuarios. Para horror de los arquitectos, los campesinos recurrieron en algunos casos a echar guano encima del techo, buscando aislarse del calor… Más adelante las viviendas rurales se construyeron en bloques semiprefabricados de cinco pisos, varados en medio del campo; hasta que los campesinos comprendieron que habían ganado los inconvenientes de vivir en un medio urbano, sin ninguno de sus beneficios; y terminaron por emigrar a la ciudad más cercana.

Desarraigo, precariedad y marginalidad

En Cuba, los patrones de la vivienda rural aislada espontánea se trasladaron al anillo exterior y áreas residuales de las ciudades, en una versión empobrecida por el desarraigo. El bohío había surgido por decantación a lo largo de siglos, y por lo tanto estaba completamente adaptado al clima y los medios constructivos disponibles; y a la base económica, organización social, forma de vida y expectativas de sus habitantes. El traslado a otro contexto produjo una ruptura integral, expresada en los persistentes barrios insalubres autoconstruidos en la periferia. El antecedente más lejano de esos asentamientos data probablemente de la Reconcentración forzosa de campesinos dictada por Valeriano Weyler en 1896, para privar de apoyo a los tropas mambisas. La moda reciente de los ranchones de guano en centros turísticos e incluso dentro de la trama habanera responde al mismo folclorismo servil conque se vende a la mulata y el ron para un visitante de Sol, Playa y Sexo.

Esa tendencia, junto al uso de colores y música estridentes, es parte de la cultura del aguaje —un cubanismo indefinible que tiene varios componentes. Las crecientes distorsiones de la forma y los patrones de conducta urbanos no solo pueden atribuirse a la inmigración rural, que en parte llenó el espacio dejado por el éxodo masivo de la anterior clase dominante, blanca y urbana. Aparece también con mucho peso una marginalidad urbana preexistente, antes reprimida y limitada a enclaves bien definidos, que amparada en el populismo y el laissez-faire se expresa en la forma de hablar y vestir, los modales, los medios masivos de comunicación, cierta música más dirigida a enervar que a estimular el sentimiento o el pensamiento; y hasta en los nombres impronunciables que plagan la nómina de los equipos deportivos.

Nuestro paisaje urbano en los años 90 y principios de este nuevo siglo ha sido marcado por un debilitamiento suicida del control sobre las intervenciones en la ciudad. El resultado es una especie de ajiaco, esa sopa campesina que ahora de llama caldosa por efectos de la inmigración desde las provincias orientales. Pero este ajiaco o caldosa ya no es lo que fue, se ha chatarrizado al mismo ritmo en que aparecen kioscos y cafeterías de comida rápida que imitan patéticamente a los McDonald’s y Kentucky Fried Chicken. La situación se hace más compleja con el aporte kitsch de una persistente cultura de pequeña burguesía provinciana, triangulada en un viaje de ida y vuelta hacia y desde Hialeah en Miami, y ayuntada con lo que Héctor Zumbado llamó el pequeño proletario. Plátanos, gallinas, cerdos, tanques de petróleo usados como depósitos de agua, cercas de alambre y carporches de chapa, forman parte de un nuevo paisaje urbano oxidado y carcomido donde la tierra apisonada sustituyó lo que un día fueron jardines elegantes. Junto a ese proceso de primitivización aparecen los patéticos símbolos de los pobres-nuevos-ricos, con sus altas tapias de piedra y portadas coronadas por tejas criollas, influidos quizás por telenovelas sudamericanas, portones de cedro barnizado, ventanas de PVC con vidrio teñido, que sin embargo deja pasar al interior el calor del sol, jardines cementados y cubiertos por carporches que reflejan el calor y tiran hacia la calle la lluvia que antes absorbían. Sea de una o de otra manera, el paisaje de la calle ha ido perdiendo amplitud y transparencia, y las fachadas originales, que en un tiempo eran cuidadas hasta en las edificaciones más modestas, ahora quedan ocultas por esa arquitectura-chatarra que se le viene encima al transeúnte.

Se observa una falta de cultura ciudadana, de normas de convivencia y pautas de conducta que se traduzcan en un uso respetuoso del espacio público. La urbanidad ha sido relegada junto a otros valores tradicionales que no pueden ser acusados de elitistas, clasistas o racistas. El problema es muy simple: hay que darle valor a los valores —o dicho de otra forma, los ciudadanos que los incorporen y practiquen deben recibir algún beneficio por ello, aunque sea moral. Como siempre sucede, lo importante es quién manda, y a qué intereses responde.

El futuro del pasado

Cuba se enfrentó a una situación crítica tras la desaparición de la URSS, a lo que se unían serios problemas estructurales en la economía, y la hostilidad sostenida de nueve administraciones estadounidenses. Esa crisis facilitó a principios de los años 90 la toma de conciencia sobre el valor de soluciones apropiadas, ecológicamente sustentables y económicamente viables, como la bicicleta, la agricultura orgánica y la agricultura urbana, el uso de técnicas constructivas blandas, materiales locales alternativos, fuentes de energía renovable, un poco más de descentralización en la gestión administrativa, una mayor participación de la población, el empleo por cuenta propia y el traspaso de grandes extensiones de tierra agrícola a cooperativas campesinas. Esas aperturas fueron más profundas en áreas rurales y en razón directa a su distancia a los centros de decisiones. Pero desde fines del siglo comenzó a observarse una tendencia involucionista para volver a las fórmulas convencionales, cuya rigidez y vulnerabilidad ya habían sido más que comprobadas.

Han aparecido nuevos escenarios, nuevos actores, nuevos estratos sociales, nuevos patrones de vida, nuevos temas arquitectónicos, nuevas tecnologías y nuevos gustos y costumbres. La existencia de dos monedas y —al menos— dos economías trajo como consecuencia el crecimiento de las desigualdades y su expresión territorial en una ciudad costera, por donde se mueven los visitantes, y una ciudad del Sur, La Habana Profunda. También han crecido las conductas antisociales, el individualismo, y las agresiones al entorno, tanto el natural y el construido como el social.

El patrimonio construido, sea culto, popular o hasta marginal —incluyendo barbacoas, ciudadelas, casuchas en azoteas, barrios insalubres— puede aportar lecciones útiles para urbanistas y arquitectos. Pero la solución no es copiar las formas heredadas, ni siquiera aquellas que todavía pueden funcionar, pues eso llevaría a falsificaciones nostálgicas, escapistas o simplemente comercializadas. Se necesita penetrar en las esencias todavía válidas de ese patrimonio y comprender los procesos y condicionamientos que conformaron ese modelo, sobre todo las formas de promoción, financiamiento, regulaciones urbanas, y el papel que cumplían los diferentes actores en ese proceso, así como la creación de la infraestructura para urbanizar el suelo antes de construir las edificaciones.

El reto está en capturar el espíritu que produjo soluciones exitosas y apreciadas por la población, pero también su forma básica: trazado vial, lotificación, tipologías morfológicas y constructivas, volumetría, perfil, elementos proyectantes hacia la vía pública como portales, balcones y aleros; tratamiento de las plantas bajas y de la silueta de las edificaciones, la alternancia rítmica de vanos y macizos; las proporciones, texturas, uso del color y el detalle, escala y carácter. En los años 50 y 60, los arquitectos cubanos más destacados absorbieron la esencia de las mejores tradiciones locales, tanto cultas como populares, incluso intuitivamente, y sin caer en el pastiche complaciente. Al mismo tiempo, hicieron una arquitectura decididamente contemporánea y de valor universal, dejando además en muchos casos la huella personal del creador. Fue una arquitectura auténtica, de su momento, cubana y universal. Si ahora se habla no solo de preservar el patrimonio construido sino también de aprovechar las lecciones que ofrece, es justo acercarse al problema de aquella misma manera.

Del día a día a la futurología

El intento más fantástico de imaginar algo que no ha sucedido está siempre lastrado por lo que ahora conocemos. Como los peinados en las viejas películas de época, revelan más sobre el momento en que fueron hechos que sobre ese futuro nebuloso que pretenden fabular. Por otra parte, el horizonte temporal de esa proyección es determinante. Imaginar La Habana dentro de un año o dos difiere mucho de ese mismo ejercicio a diez o quince años vista, y más todavía cuando la mirada se extiende hasta mediados de este siglo que ha comenzado con augurios tan preocupantes. Se están produciendo aceleradamente grandes cambios ambientales, culturales, económicos, tecnológicos y políticos a escala del planeta. Muchos de esos cambios parecen ir para mal, después que el precario balance mundial se ha perdido bajo el signo de la globalización, el derrumbe de un socialismo que se decía real y duró lo mismo que la vida de una persona, y el dominio absoluto de la más grande y agresiva potencia mundial de todos los tiempos.

¿Cómo será La Habana del futuro? Esa pregunta obliga a caracterizar a La Habana actual –una ciudad preservada por omisión, baja, densa, compacta y a la vez dispersa, con una intensa animación humana que no se corresponde con su precaria y confusa base económica; y donde se aprecian ya elementos de cambio en la forma urbana derivados de la circulación de dos monedas y la búsqueda desesperada de la subsistencia a expensas muchas veces de valores éticos tradicionales.

La pregunta también obliga a especular sobre el futuro del pasado: ¿cómo sería hoy La Habana de no haber triunfado la Revolución de 1959? Quizás no muy diferente a cómo la proyectaba el plan maestro de Sert y Wiener en 1956-58: una gran capital de cuatro millones de habitantes, definitivamente distanciada de las otras ciudades cubanas; dominada por el auto privado, con un Malecón bloqueado por una pared casi continua de edificios altos y una isla artificial al frente, y un centro terciarizado y seguramente elitizado, donde el patrimonio histórico hubiera quedado reducido a unos cuantos edificios antiguos singulares.

Esa ciudad sería todavía más norteamericana que en los años 50: por un lado torres anónimas de oficinas, grandes corporaciones y cadenas comerciales transnacionales. Los condominios de lujo en las mejores ubicaciones, y los repartos elegantes cada vez más alejados, segregados y dispersos se habrían extendido enormemente a lo largo del litoral, aumentando la diferencia con la ciudad del Sur. La mala salud congénita de ese tipo de ciudad dual quedaría probablemente oculta bajo una cara esplendorosa: anuncios lumínicos, teatros, restaurantes, casinos y hoteles de lujo. La Habana estaría inundada por turistas estadounidenses; con un cinturón indefinido de barrios insalubres adonde irían a parar los excluidos de antes y de siempre, y los desplazados de los barrios centrales. En resumen, sería menos auténtica y se parecería más a cualquier otra gran ciudad.

¿Apocalipsis ahora?

Pero en cualquier caso, el futuro de La Habana en esta primera mitad del siglo XXI depende de que pueda encontrar un nicho propio en el contexto mundial sin depender de ayudas externas coyunturales, es decir, garantizar la sustentabilidad y viabilidad del proyecto social. Pero eso pasa también por la naturaleza y forma de sus relaciones con los Estados Unidos. En esencia, ello depende de que se pueda encontrar una convivencia mutuamente provechosa o al menos aceptable, con ramificaciones sobre el viejo tema de si es posible sostener una revolución en un solo país, para no hablar de otra gran interrogante; ¿cuanto dura una revolución? Obviamente, esos pronósticos obligan a pensar también cuál será la base económica de La Habana y de Cuba, es decir, cual podrá ser el sustento firme para conservar y revitalizar ese muy valioso patrimonio construido y humano que se levantó sobre el azúcar y una mano de obra barata, y ahora se deslava bajo nuestros pies.

Asumiendo que en un corto plazo no haya cambios importantes en el contexto económico y político nacional y mundial, la situación actual seguiría probablemente agravándose al mismo ritmo: la ciudad central se densificaría aún más y aumentaría la tugurización, con más hacinamiento y distorsiones —añadidos espontáneos, entresuelos improvisados, casetas en azoteas, locales comerciales precariamente adaptados a vivienda…— y también más vacíos producidos por derrumbes y demoliciones, que en su mayoría serán rellenados descontroladamente por vecinos e inmigrantes ilegales, incluyendo la resaca de aquellos traídos para cubrir los puestos de trabajo que los habaneros no quieren asumir. El Decreto 217 que en 1997 intentó regular la migración interna hacia la capital no parece haberla detenido, con el peligro de que al hacerla ilegal se produzca un descreme, y los peores sean los que sigan viniendo.

Se haría más conspicua la presencia puntual de riqueza personal relativa, que después (permutas por medio) se irían agrupando y convirtiendo en enclaves de los pobres-nuevos-ricos cubanos. Estos serán gradualmente cada vez menos pobres, pero manteniendo por inercia sus patrones culturales, hábitos, gustos, modelos de éxito y forma de vida formados en generaciones de pobreza e incluso marginalidad. Esa masa estaría compuesta por una mezcla de personas que reciben remesas de sus familiares en el extranjero, trabajadores por cuenta propia, agiotistas, empleados en firmas extranjeras; y en general aquellos con acceso —legal o no— a la moneda dura.

La lógica aparente de la zonificación produciría más enclaves de gentrificación, con hoteles y edificios de viviendas de alto estándar para extranjeros, o en un futuro para quien pueda pagarlo; así como oficinas de corporaciones y tiendas en moneda dura, generalmente aisladas de las zonas donde existan problemas sociales. Esos islotes de riqueza estarían cada vez más alejados y por lo tanto más dependientes del auto privado. Dentro de este cuadro de segregación, también se producirían híbridos: cubanos que trabajan en firmas extranjeras o mixtas, o establecen lazos personales más o menos duraderos con extranjeros y van asumiendo su estilo de vida en un proceso de prueba y error que depende mucho de cuáles serán los modelos de éxito a imitar, millonarios o pacotilleros.

A pesar de los esfuerzos del gobierno —dirigidos principalmente a combatir los efectos y no las causas— aumentaría la discriminación laboral y la segregación física del hábitat debido al color de la piel; así como la marginalidad. Crecería el proceso de enjaulamiento de la ciudad para protegerse de los delincuentes, aunque quizás coexistiendo con fórmulas viejas como los serenos privados que ya vienen funcionando en algunas zonas macetizadas. La altura y materiales de las cercas, rejas y tapias se convertirá en un símbolo visible de prestigio social, con las personas más acomodadas debatiéndose entre mostrar su patética riqueza y ocultarla, para evitar investigaciones sobre su origen.

Durante un tiempo —hasta que un incipiente mercado del suelo lo interrumpa— continuaría el proceso de ruralización de la capital, con la sustitución del arbolado urbano y los jardines por siembras productivas y crías de animales, no organizadas dentro del programa de agricultura urbana. La imagen urbana seguirá siendo agredida por ranchones de guano, carretones de tiro animal y tractores circulando por las calles, y sopones cocinados con leña en los parterres; complementados por la progresiva desaparición del pavimento en las vías urbanas, en un viaje de regreso a la tierra. Pero esa ruralización coexistiría y se mezclaría con patrones tomados de los marginales urbanos.

Seguirían creciendo y apareciendo enclaves suburbanos en moneda dura a la manera del Monte Barreto, y quizás a alguien se le ocurra la idea de cercarlos y controlar la entrada, para evitar el contagio y facilitar la protección. El acceso libre a la costa se bloquearía aún más. Los altos precios del suelo podrían empujar finalmente a un desarrollo limitado hacia el Este, con edificaciones más bajas para una clientela distinta a la de las grandes colmenas inmobiliarias que se hicieron durante los años 90. Ese panorama se puede compensar en parte por la aparición de un sector de mercado con gustos algo más refinados que traiga el mejoramiento del diseño arquitectónico y la importación de algún que otro arquitecto de la vanguardia internacional, al que se le permitiría hacer lo que se le niega a los nativos. Quizás finalmente se llegue a repensar la forma de ejercicio de la profesión del arquitecto, acercándola a la del artista plástico; y abriendo la competencia para que triunfen los mejores a través de concursos accesibles a todos.

De continuar el modelo de desarrollo suburbano segregado sin una adecuada respuesta del transporte público masivo, crecerá desmedidamente el uso del auto privado. Ello traerá más contaminación, demoras y problemas de tránsito; y aumentará las diferencias sociales entre el que se mueve en cuatro ruedas y el que anda. La ciudad tendrá que resistir una fuerte presión para no malgastar terrenos valiosos en parqueos, y eventualmente en la construcción de monstruosas vías expresas para facilitar el movimiento de autos, con lo que el número de éstos seguirá aumentando mientras la continuidad del tejido urbano queda interrumpida.

Se continuarían construyendo shopping malls de lata y vidrio espejo que rompen con la estructura y la imagen urbanas, que consumen energía excesiva e introducen gustos y patrones de vida ajenos. Esas inversiones seguirían aumentando por carambola el deterioro y la calidad de la oferta en la red comercial tradicional a lo largo de las calzadas de la ciudad central, que es La Habana que todos identifican. Igual sucedería con el sistema de pequeños comercios de esquina, ya muy debilitado desde los años 80 con la voluntarista supermercadización, que la vida convirtió en caricaturas de supermercados mientras arruinó el elemento más importante de la trama urbana tradicional, la esquina.

Pasando del Negro al Gris

Aun sin producirse avances significativos en la estructura productiva nacional y las relaciones de intercambio internacional, este cuadro oscuro podría suavizarse con una mayor participación popular en los procesos de decisión, dando más poder y autonomía económica a los gobiernos locales, ampliando las atribuciones de entidades corporativas estatales autofinanciadas, a la manera de la Oficina del Historiador de La Habana; o aceptando la creación de cooperativas urbanas, igual que las rurales que ya existen.

Llegará el momento en que ya no podrá aplazarse más la necesidad de actuar firmemente contra las violaciones de las normativas y regulaciones urbanísticas, tanto por particulares como por organismos estatales. Eso implica atajar la proliferación de distorsiones que no solo afean la ciudad sino que afectan al ambiente al aumentar la temperatura, bloquear vistas y brisas, aumentar los escurrimientos y con ello las inundaciones. Esas acciones también dañan físicamente a las edificaciones y rebajan su valor y el de los barrios donde proliferan, pero también han creado una peligrosa sensación de impunidad que es una muestra más, por indirecta más representativa, de un deterioro social que afecta al más importante capital del país, el humano. Irónicamente, la filosofía del dejar hacer pudiera extenderse peligrosamente a la política.

Los trabajos de reanimación urbanística que mejoraron la imagen de la ciudad en los años 60 y 70 podrían reaparecer, para revitalizar visual y funcionalmente los espacios públicos en zonas centrales. Esos espacios servirían para elevar el rasero de calidad en el diseño y los servicios, además de cumplir su papel tradicional para estructurar al tejido urbano, mejorar el medioambiente, añadir valor a los terrenos circundantes, y favorecer el intercambio social entre sectores que cada vez se están diferenciando más.

La reanimación pudiera irradiar a partir de esos focos a lo largo de los ejes principales que los conectan, y llegar más adelante a internarse en los sectores grises delimitados por esas vías. Sobre esa misma base de autogestión local, comenzaría a utilizarse el convoyado a las grandes inversiones, obligándolas a realizar obras de beneficio directo y evidente para la comunidad, no limitadas al egoísta embellecimiento epidérmico del entorno inmediato a la nueva edificación.

El mejoramiento de la imagen urbana y una mayor sensación de estabilidad podrían estimular la llegada de inversionistas iluminados con una clientela que exija calidad, y con interlocutores cubanos de misma condición. Aparecerían algunos proyectos de nuevas edificaciones que marquen hitos y ayuden a impulsar la revitalización de La Habana y la recuperación de los valores culturales en la arquitectura cubana. La oferta de vivienda a extranjeros residentes en La Habana, ahora limitada a apartamentos para alquilar en edificios nuevos, casi siempre con una arquitectura banal globalizada, podrá ampliarse entregando mansiones en peligro de derrumbe para ser rehabilitadas por iniciativa privada. Eso puede producir más ingresos y ayudaría a preservar el valioso patrimonio arquitectónico del siglo XX en la capital.

A su vez, el gobierno comprendería la importancia de promover proyectos de calidad que sirvan como dinamizadores de la recuperación urbana, o participar en otros con los inversionistas extranjeros. Finalmente se conseguiría atraer a desarrolladores que no se limiten a explotar un terreno aislado disponible. Ello permitirá incorporar áreas subutilizadas o desvalorizadas de La Habana Profunda que han estado fuera de los circuitos de prestigio. Especialmente importante sería atraer inversionistas extranjeros dispuestos a invertir en la reconstrucción, modernización y ampliación de las redes de energía, comunicaciones, abasto de agua, tratamiento de residuales, transporte y viales. Eso significa un cambio importante en la política miope, regida por la inmediatez, de construir sin resolver antes la infraestructura, que en la ciudad central está ya colapsada. Es importante recordar que el enorme crecimiento de La Habana casi inmediatamente después de la Independencia se apoyó en una gran inversión previa, literalmente enterrada, en calles, acueducto, alcantarillado, electricidad, teléfono y tranvías.

Amenazas evitables

Hacer funcionar a la ciudad y mantener el control sobre ella requiere adelantarse al cambio antes de que éste se imponga por sí mismo. Imaginar el futuro es siempre un ejercicio que puede pasar de lo divertido a lo aterrador. Los cambios rápidos y profundos podrán ser malos, y aún más, irreversibles; pero mantenerse estático puede ser igual o peor. Por eso algunos parecen no querer pensar y miran a otra parte, o esperan dejar la solución del problema a los que vienen detrás. La solución no está en la parálisis, y mucho menos en la retórica desgastada o la inmolación suicida, pero tampoco en la entrega claudicante o la salida escapista. Desde este medio siglo de afanes, ilusiones y riesgos compartidos, espero ver desde adentro lo que va a pasar, y tratar de que salga lo mejor posible.

Mario Coyula Cowley

(La Habana, 1935). Arquitecto, diseñador urbano y crítico. Profesor de Mérito en la Facultad de Arquitectura, CUJAE, y asesor del Grupo para el Desarrollo Integral de la Capital, La Habana. Profesor Visitante en la Universidad de Harvard (2002) y Profesor Invitado en la Universidad de Artes Aplicadas de Viena, 2006. Premio Nacional de Arquitectura 2001, Distinción Nacional de Habitat 2004.

 

25/04/2007 10:20.

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