Algo de lo que todavía se publica en mi país. ¿Qué tiene de malo parir?
Para que podamos constatar que no solo de buenas intenciones... Les pongo un artículo que salió (hace ya un año) publicado en el principal periódico de la juventud cubana. Luego si lo hallo les pondré, amigas, lo que respondí al mismo, cuya autora es, como yo formada, en género y comunicación, pa que vean que no es una cuestion cognoscitiva...
¿Qué tiene de malo parir?
Cuando reviso mi historia, como la de muchas otras mujeres, recuerdo que al tener en mis manos un título de ingeniera creí que había llegado al máximo de mis metas intelectuales. Luego alguien me dijo que ser profesional en estos tiempos exigía una docena de posgrados para sentir que se sabía algo, y que además no se podía esperar mucho tiempo para empezar un doctorado, o al menos una maestría.
Seis años después no había logrado avanzar por tales rumbos, a pesar de que en ese tiempo ejercí varios oficios diferentes por distintas circunstancias, todos aprendidos «sobre la marcha».
Luego quedé embarazada, y en el Centro Comunitario de Salud Mental de mi territorio me convencieron de que ser madre es también una profesión —bastante ardua, por cierto— y que «estudiar» para ella no me vendría nada mal.
Los métodos de estimulación temprana al bebé, la negociación durante su aprendizaje y el respeto hacia las necesidades espirituales y materiales de esa personita que me tocaba formar, los aprendí en aquel curso de Maternidad Consciente, con la doctora Maday y la psicóloga Lisset, quienes tal vez ni se imaginan el detonante que sembraron en la vida de quienes fuimos sus alumnas.
Desde que David tiene dos años me pregunta sobre todo lo humano y lo divino, y es más inquisidor que el docto tribunal que valoró mi tesis de grado.
Y si por casualidad no le ofrezco una explicación clara para sus inquietudes, me manda a los libros «porque allí está todo», como yo misma le he dicho tantas veces, y no se conforma con menos que la verdad.
Por él me hice periodista, inicié varios diplomados, recorrí infinidad de museos y parques, instalé un «laboratorio» químico en la casa y cada noche debo imitar innumerables personajes de la mejor literatura, clásica o novedosa, escrita para la infancia.
Ahora tiene siete años, y para complacer su bichito de la eterna investigación ya he tenido que repasar muchos libros de filosofía, historia, física, química, música, geografía… y hasta recorrer varias bahías del país, que él «colecciona» a través de fotos, piedras y arena tomadas del lugar.
Les cuento todo esto para compartir con ustedes el asombro que me provocan ciertas mujeres al declarar su decisión de no tener hijos jamás, o si acaso «uno y va que chifla», porque son un estorbo para su desarrollo personal, su realización como profesionales o sus planes recreativos, como si la maternidad fuera el gran lastre que impide un proyecto de vida interesante o enriquecedor.
Que un pequeño porcentaje de mujeres decida renunciar a ese don, lo puedo entender. De hecho, no todas tenemos la posibilidad de procrear, y eso no significa que una deba sentirse mutilada o menos femenina.
Que no se tengan tantos hijos como nuestras abuelas, también es lógico, e incluso es muy saludable no empezar temprano, para darnos tiempo a crear las mejores condiciones, tanto en nuestros cuerpos y mentes como en el entorno que recibirá a cada nueva criatura.
Lo que me preocupa entonces es que mientras las razones económicas son cada vez menos esgrimidas, esté primando entre nosotras esa otra explicación, a mi modo de ver egoísta y descabellada, de querer vivir la vida «solo para mí y no para sacrificársela a otros», como si esos otros no fueran a la larga los seres que más satisfacciones pueden darnos y los encargados de prolongar nuestro paso por el mundo.
Cifras son cifras: la esperanza de vida en el país va creciendo hasta rozar los 80 años, la fecundidad no llega ni a dos hijos por mujer, la infertilidad afecta cada año a más parejas por diversas razones, y ni siquiera tenemos garantizado el reemplazo, pues no logramos como promedio una hija por cada cubana desde 1978.
La vida de cada cual es propia, claro está, para tomar las decisiones que se estimen… pero formamos parte de una especie, hablando en términos prácticos y demográficos, y no podemos obviar nuestra gran responsabilidad con la existencia futura del país.
No se puede vivir siempre, como en la adolescencia, «el aquí y el ahora», sin pensar en quién va a producir mañana, quién replicará nuestra cultura, quién sostendrá nuestra vejez y descubrirá lo que falta de este especial planeta que al parecer está tan solo en el universo.
La igualdad de derechos y oportunidades está bien. La suscribo con las dos manos y lucho por ella en el espacio público tanto como en el privado. Pero en ese afán, ¿acaso llegaremos a pedirles a los hombres que paran por nosotras?Mileyda Menéndez Dávila
corresp@jrebelde.cip.cu
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Autor: Yasmin
Fecha: 06/07/2007 09:38.












